2 de mayo de 2006

Misión Imposible

El día de ayer fuí con mi chica al Auditorio Nacional a la premier -y alfombra roja, según la invitación- de la película Misión Imposible III, con la presencia de Tom Cruise y de algunos otros personajes de la farándula. Quizá fue una mala planeación por parte de los organizadores (¿En México? Qué raro); quizá al famoso actor le encantó el baño de pueblo y le ganó la euforia... el caso es que a mi me importaba muy poco toda aquella parafernalia y lo único que quería era ver la peli para comentarla en un un blog de cine en el que participo (Frikomentarios). Sin embargo, el gozo se fue al pozo conforme pasaron los minutos y la exhibición de la cinta se postergó por más de una hora.

Al llegar, nos hallamos con muchas personas arremolinadas en torno a una valla de contención que enmarcaba la alfombra de marras. Más tarde, se agregó al numerito la presencia de dos muchachos muy vaciados -del cerebro-, Jordi Rosado y Javier Poza, quienes se esforzaron para improvisar y salir al quite mientras a la estrella de Hollywood se le hinchaban los célebres tanates para llegar. Con decirles que hasta al tal Jordi se le ocurrió decir: "Sabemos que mucha gente nunca ha venido a una alfombra roja; así que, a ver, pásale, amiga, para que veas lo que se siente pasar por ahí", con la consabida algarabía de los involuntarios paleros.

Después, nos fuimos a pasear por el recinto y había unos jueguitos de destreza, promovidos por edecanes que acaparaban la atención y la lente de los reporteros gráficos (a) fotógrafos que fueron a cubrir la fuente, lo malo es que este tipo de fotos son impublicables y, casi siempre, le dan prioridad a fotos de conjunto con la gente bonita abarrotando el local.

En los mentados jueguitos pasamos algún tiempo, participando y esperando a que el par de merolicos cesaran su vocinglería. Por cierto, el DJ que amenizaba el evento parecía tener la música por dentro, porque se sacudía como chinicuil, aún cuando estuviese mezclando el sampleo más monótono de la noche. Ganamos un par de pósters, aunque sospecho de un compló por parte de las edecanes porque, según mi última participación, me había ganado una gorra (hijas de xuchi). Como a eso del cuarto para las ocho, ya estábamos dentro del Auditorio y el Tom Cruise repartiendo sonrisas a diestra y siniestra. Respondiendo preguntas al vuelo, en lo que llamaron "rueda de prensa" (xinguada, me hubieran dicho y hasta celebrábamos el Día del Trabajo y la Batalla de Puebla).

Ya en la sala, la gente se desesperaba por el comienzo de la función. Los chiflidos, los tímidos grititos de "cácaro" y la interminable afluencia de selectos invitados dieron color a una noche plagada de improvisaciones, maquilladas de espontaneidad ("¡Oh, esperen, me acaban de confirmar que Tom Cruise estará una hora más firmando autógrafos!"). Los guardias de seguridad desquitaban el sueldo a destajo: "Amigo, apaga tu celular, por favor". Las niñas bien (acompañadas de sus novios bien, sus mamás bien, etc. bien) aprovechaban la ocasión para distinguir todo gesto, actitud o movimiento para tildarlo de "¡ay, qué naco!". Las parejas adultas se entretenían platicando de menesteres laborales y hogareños. Y otros, los que no teníamos tiempo para mayores trámites y dilaciones, esperábamos impacientes el comienzo de la función.

A eso de las nueve de la noche, un rumor creciente pedía que iniciara la proyección. Como en un encore (es decir, cuando la raza pide "otra, otra"), algunos aplaudían monorrítmicamente y otros, sacaban fuerzas de flaqueza para silbar sonoras mentadas de madre. Como la exhibición de la cinta no empezara, nos fuimos de ahí, aprovechando los pósters que habíamos conseguido, para guarecernos de la lluvia que cubría de arañazos luminosos el pavimento de la avenida Reforma.

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