26 de enero de 2011

Todo este tiempo

Anduve errante por jardines exquisitos donde probé la miel de unos labios dulcísimos. Habité el lado oscuro de la Luna en cuarto menguante, cuando mi alma padeció el yugo de la ira y la infamia. Escuché el crepitar de alas de fuego, un vuelo que iniciaba desde debajo de mi piel y entre mis huesos. Todo este tiempo lo pasé a media soledad, en compañía íntima de los recuerdos.

Muchas veces me hizo falta escribir, como ahora. No podía, no me daba tiempo para aquietar las ansias y dar forma al pensamiento. Hoy he decidido volver a relatarle al corazón, blando espejo, lo que ha ocurrido en mi vida, que me tiene ocupado al punto de escribir tan poco para mis adentros. He aquí que amo.

Una mujer venida de un sueño, conquistó cada lugar cognoscible de mi espíritu y mi cuerpo. Como hada bendita, posó su tacto tibio en cada parte, hizo un castillo de pétalos dentro de mi pecho y lo habitó, clamando pertenencia. Por supuesto, la boca hizo lo suyo para confirmarlo. En caricias húmedas, prodigó "te quieros" infinitos, dos lenguas enlazadas, jugaron a ser tinta y papel, sílabas y versos. Si alguien conoce el amor, ése soy yo, porque fui abrazado por una luz liviana, ahí se escucha la vibración de venas palpitantes.

He aquí el prodigio del amor: Se espera tanto, que llega sin avisar; más parecido a un tsunami, que a la marea regular y predecible. En su ola arrasa con todo aquello que nunca fue, que nadie quiso. Y luego nos obsequia con las olas nuevas de la armonía. Nunca he sido tan feliz. Nunca tan serenamente dichoso y seguro del porvenir. Gracias, amada cómplice, corazón luminoso. Cuando le hablo al fondo de mi, ten por seguro que es porque quiero decírtelo a ti, y que mi piel trémula atestigüe que todo es verdad. Que he sido tuyo desde el inicio de mi tiempo. Todo este tiempo.