18 de junio de 2006

Honda Pena

Nunca había visto a mi padre tan abatido. Su rostro desencajado me preocupó apenas lo vi. "¿Qué pasó?", le pregunté, y sólo obtuve por respuesta un llanto entrecortado que me hizo estremecer, aún sin saber la causa. Como pudo, empezó a contarme la causa de su pena. "¡No se vale, apenas era un niño!". Por mi mente pasaban las imágenes de mis primos, mis sobrinos, cualquier pariente que pudiera provocar tal aflicción en mi papá y a quien le hubiera ocurrido una tragedia.

"Pero, ¿quién...?" Inquirí, dejándome llevar por la avalancha de sentimientos de consternación, rabia y desolación que me producía verlo tan triste. Otra frase entrecortada: "Cuando incineraron el cuerpo, me rindieron honores". Pensé entonces en un acto de heroísmo. Lo abracé torpe, cálidamente, queriendo demostrar un incipiente orgullo por aquella revelación.

Lo que no pude obtener ni con mi solidaridad ni con mi empatía, lo consiguió un marino que por ahí pasaba, cuando le dijo:

-¡Ey, viejo, seguro que no conocías al chiquillo?
-¡No, pero me puse a llorar porque se parecía tanto a Maradona!"

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