22 de julio de 2009

Las razones de la Encicloabierta

Leo en el Blog de Derecho Informático la opinión experta de Ivonne Muñoz acerca de Encicloabierta, donde dice textualmente:

¿Se han robado la Enciclomedia? Mi respuesta es: ¡sí, esto sin importar si los contenidos han sido pagados con el erario público!

Con esta respuesta –y con tales signos de admiración–, es muy fácil encender las pasiones de quienes, sin poner las cosas en perspectiva, denostan al autor de la Encicloabierta, Daniel Rodríguez Barranco, mejor conocido por su nick, danieloso. Sin embargo, creo que la interrogante principal de Ivonne peca de vaguedad, dice la abogada:

Hoy la comunidad (cuya filosofía es que todo debe ser gratis, libre y abierto) tiene la duda: ¿acto heroíco [sic] o acto ilegal?

Sin querer entrar en polémicas, no me queda claro si por "la comunidad" se refiere a "la comunidad de desarrolladores" o a "la comunidad de Twitter", donde coincidimos. En todo caso, "la comunidad", esa entelequia inasible, es suficientemente heterogénea para tener uniformidad de opiniones. Por otro lado, dudo que la disyuntiva sea acerca de lo heroico o ilegal del hecho, sino por el conflicto moral y la duda razonable respecto a la idoneidad de la plataforma, ¿es ético apropiarse de un material elaborado por alguien más?, ¿se puede contribuir con un proyecto nuevo, basado en las premisas de la Enciclomedia, para extender los recursos educativos tan necesarios en nuestro país?

La respuesta a la pregunta planteada por Ivonne Muñoz es afirmativa en ambos sentidos. La puesta en marcha de la Encicloabierta es acaso ilegal, por las razones que ella expone en su bitácora; es heroica en la medida en que se propone hacer un llamado de atención a las autoridades que determinan la educación pública en México para que las decisiones burocráticas no obstaculicen la difusión del conocimiento y su redistribución sin fines de lucro. No sin razón se dice que el siguiente paso, después de la sociedad del conocimiento, es la sociedad de la sabiduría. No nos ceguemos ante la necesidad del cambio, nuevas leyes han de regir la forma en que se publican los productos culturales; de otro modo, estamos condenados al anquilosamiento y la ignorancia.

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