21 de febrero de 2009

Tu hijo te necesita

Papá, te escribo porque quiero estar contigo. Porque tu ausencia me abruma en mis horas solitarias. Te recuerdo y sueño vivo y pleno. Te recuerdo como un caballero ejemplar que proyecta una sombra larga. Fuiste mi padre, lo eres, te siento cálido cercano a mi, y aún evoco en mi mente tu santo abrazo postrero.

Me haces tanta falta. No se me olvida que por estas fechas, hace un año, comenzó a irme muy mal, cuando en otros años, por el contrario, esperaba el mes de mi cumpleños porque siempre me traía cosas buenas. Lo tengo bien presente porque poco después partiste. Mi corazón roto es una tela desgastada. Una pena más, una rasgadura que comenzó en mi pecho. Padre, te hablo y te convoco porque no tengo a nadie que pueda entender la magnitud de mi duelo.

Quiero contarte cómo ha cambiado mi vida desde que quisiste ser ciudadano del cielo. No tengo fuerzas, papá. Tu pérdida me dejó trémulo y sollozante. He dejado de leer libros completos desde hace mucho... Y no es tu culpa, sino mía por necesitarte tanto. En tu orgullo se significaban mis esfuerzos. En tu sonrisa franca y amena. En tu afán de la familia unida y de ser padre, esposo y abuelito bueno. Mi padre. El que fue amigo de tanta gente y que tuvo una despedida digna de un patriarca. Estos ojos te necesitan, porque les dabas una figura en la cual reflejarse.

Mi vida es un ábaco incompleto porque ya no suma. Triste, solo, mudo, meditabundo, fugaz, conspicuo... La naturaleza opuesta a lo que quise ser es mi nuevo sino. Por eso, te propongo, no nos dejes tan solitos. Háblale a los corazones de vez en cuando. Reza, que soy niño cuando me siento así de afligido. Fluye por mis venas, que te quiero sentir vivo entre nosotros. Padre nuestro, humano refulgente de amor inmensurable.

Santo que fuiste en tus días últimos, te alabo. Confío en tu plegaria sincera y tu corazón de oro para que toda esta angustia pronto cambie. Quiero volver a la antigua idea de formar una familia, ser feliz y seguir tu ejemplo. Ser uno con la dicha y conjugar mi día a día en la primera persona del plural, "Nosotros". Quiero ser tu orgullo, sacar la casta, morir de viejo. Quiero, en pocas palabras decir que te quiero, te quiero más que esta infame imperfección de ser palabra sin caricia, voz sin eco.

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